miércoles, septiembre 19, 2012

Jacobo Timerman: "Yo soy la nada"


Ayer terminé de leer la enorme investigación biográfica que hizo Graciela Mochkofsky sobre Jacobo Timerman (un libro que todo periodista debe leer por lo menos una vez en su vida). Casi al final del libro, después de deconstruir la vida del periodista que fundó La Opinión y revolucionó el periodismo gráfico en el país, Mochkofsky cita una entrevista del diario La Nación de 1996 que le hicieron a Timerman en La Dacha, su casa de Punta del Este, en el ocaso de su vida, tras la muerte de su esposa. El titulo es devastador: "Yo soy la nada"
Comparto una parte porque Timerman es el espejo en el que muchos periodistas de hoy con poder  deberían mirarse: 


-¿Por qué eligió este lugar para vivir?
-Hace años que veníamos aquí con mi mujer. Antes, sólo en el verano. Los dos teníamos la idea de retirarnos acá. En Buenos Aires no podíamos. En esta casa murió ella, hace cinco años. Yo me retiré de todo. Y me quedé.
-¿Cómo se llega a la decisión de dejarlo todo?
-No hay un momento exacto. Viene lentamente. La muerte de mi mujer me produjo un colapso psicológico muy grande. Estuve en tratamiento mucho tiempo. Poco a poco fui deshaciéndome de todo lo que había sido en el pasado y llegó de pronto el deseo de quedareme acá. Me siento más en paz. Yo no hubiera podido soportar otra cosa sin Risha.
-¿Qué fue ella?
-Todo. No sólo mi esposa. Era mi amiga, mi amante, mi compañera.
-¿Piensa mucho en el pasado?
-Trato de no hacerlo. Le tengo pánico a la nostalgia. No quiero obsesionarme. No quiero pasarme la vida persiguiendo fantasmas. Aunque uno muchas veces se encuentra pensando algo sin habéserlo propuesto.
-¿En qué piensa con más frecuencia?
-En la vida con mi mujer. La extraño. A veces no me doy cuenta de que ya no está y la busco para comentarle algo. Al principio fue terrible. Fueron años durísimos. Después, poco a poco, fui saliendo.
-¿Habla de esto con sus hijos?
-No están acá. No comparto estos pensamientos. Yo sigo siendo lo que fui para ellos como padre y ahora también como abuelo.
-¿Cómo es que un hombre acostumbrado a la pelea cae en una depresión?
-No tiene nada que ver. Hay una parte que es lo que uno es en el trabajo. Pero es una porción muy chica. En realidad, necesito el ámbito familiar. Me da fuerzas. Sin eso, se pierde el soporte.
-¿Nunca viene nadie?
-A veces, en el verano, llega algún amigo. Pero, por lo común, estoy aislado. No me integré a la comunidad geriátrica de esta ciudad. Son todos retirados que juegan al bridge. Y yo sólo juego al truco. Jugué horas en la cárcel. Me gusta con locura. Pero queda mal jugar al truco en Punta del Este.
-A lo mejor, usted lo impone y es un éxito.
-Ya no impongo nada. Ya no dirijo nada. No trato de influir. Recibo muy pocas visitas.
-¿Y no le gustaría?
-Lo único que puedo decir de mi vida es esto. A veces pienso en la posibilidad de conversar. Me gustaría. Pero no se me dio.

-¿Ni siquiera con viejos amigos y colegas?

-¡Noooo! Yo pienso más en intelectuales. Pero no se da.
-¿Le gusta hablar por teléfono?
-No, lo hago muy poco. Es muy raro que llame alguien. Salvo mi hijo, el que vive en Buenos Aires. Y, con menos frecuencia, con los otros dos. Así se dieron las cosas.
-¿Puede pasar un día entero sin hablar con nadie?
-A veces, en una semana pronuncio 20 o 30 palabras, nada más.
-Muchos dicen que usted tiene mal genio, casi intratable.
-¿Es una pregunta o una afirmación?
-Tómelo como prefiera.
-Si quiere saber, el mal carácter es sólo en el trabajo. Estoy enamrado del periodismo y por eso pongo tanta pasión. Y algunos lo toman como mal genio. Pero yo no soy así en la intimidad.
-Romper el original de un periodista en medio de la Redacción y delante de todos sus compañeros, como se cuenta de usted, ¿qué es?
-La historia es cierta. Pero eso es el trabajo. Y el original en cuestión era impublicable. Un profesional puede traer una nota de mejor o peor calidad. Pero a la hora del cierre, una nota impublicable es algo que no se puede aceptar. Y yo no la acepté.
-¿Qué hace en todo el día?
-Leo. Pienso. Escucho música. Cuando puedo, veo una buena película de video. Soy fanático del cine. Me levanto al mediodía.
-Eso no suena mal.
-¿Es una opinión o una proposición...?
-Una opinión. Dígame más.
-Tomo unos jugos, almuerzo liviano y voy a buscar los diarios. Siempre leo La Nacion y Página 12. Me acuesto. Leo mucho acostado. Siempre tengo tres o cuatro libros. Ahora estoy con unos escritos de Italo Calvino, en París, que acaban de editarse. También, con el último libro de Paul Auster y con unos escritos de Primo Levy.
-¿No escribe?
-No. Nada.
-¿Nunca piensa en volver?
-A veces si. Va a creer que quiero congraciarme, pero eso me pasa, por ejemplo, cuando veo los cambios en La Nación. Es fantástico.La creatividad me entusiasma. Pero estoy cansado.
-¿Ningún proyecto?
-Primo Levy era un autor italiano, sobreviviente de los campos de concentración de Auschwitz,que se suicidó hace unos años. El dijo una vez: ¿Quién dice que los muertos no tienen voz y no hablan? Esa frase me dio la idea de escribir un libro que se llamara Los tres hijos de Sofia, que son los tres hijos de René Epelbaum, que desaparecieron. Y de contar la historia en primera persona, como si yo fuera el hijo mayor que relata la tragedia. Mi mujer no quería que lo hiciera. Decía que eso abriría puertas a una serie de cosas que nos han ocurrido en nuestra familia. Cada tanto me vuelve la idea.
-¿Y ahora? 
-No, no creo que lo haga. Llegué a visitar la casa de la familia Epelbaum. Está todo igual. No, todo no. Se nota el tiempo. Eso me crea angustia.
-¿No escribe por angustia?
-No puedo explicar todo. No siempre se sabe por qué ocurren las cosas.No tengo una explicación de por qué vivo así. Mi vida es la nada. Y la nada no se puede compartir.
Adio!