martes, septiembre 20, 2005

La frazada corta *

Textual

Se podría tomar la precisión perfecta de la frase que Eugenio Zaffaroni lanzó a mediados de semana: “No manden a la Justicia lo que no pueden resolver en la política”.
Pero como el juez de la Corte, a pesar de ser hace rato uno de los más célebres penalistas del mundo, es invariablemente sospechado de tendencioso por parte de quienes hacen de la tendenciosidad un modo de vida, también se puede no darles el gusto a los ordinarios voceros de la derecha que lo cuestionan a priori, diga lo que diga. Y elegir lo que hacen circular ellos mismos. Porque resulta que en los propios medios de ese establishment lenguaraz, frente a la decisión oficial de cercar a los piqueteros con vallas, uniformes y ocupaciones de plazas y accesos, estallaron ahora chistes y reflexiones del tipo “por fin el Gobierno se decidió a tomar el toro por las astas”. “Qué bien”, contesta algún interlocutor y repregunta: “¿Ahora ya se puede circular?”. “No”, responde algún vecino, comisario o funcionario. “Ahora está lleno de policías, gendarmes, vallas…”
El domingo pasado, a tono con los renovados reclamos de una porción de la clase media porteña (y también, hay que reiterarlo, de sectores populares), Clarín publicó un consulta a los candidatos electorales, acerca de cuáles son sus propuestas para resolver las protestas piqueteras. Las respuestas no tienen desperdicio. Hilda de Duhalde, Macri y López Murphy postulan mayor dureza y despejar las calles, pero en ningún caso se animan a pronunciar la palabra “represión” (Murphy es el que llega más lejos al pedir que intervenga la policía, callándose con qué intensidad). Carrió propone una suerte de “piquetódromo”, inclusive con días y horarios fijos; pero por supuesto tampoco dice qué sentido tendría una idea semejante para gente a la que sólo le ha quedado el recurso de llamar la atención mediante el mecanismo de, por lo menos, molestar al poder y a homínidos que a duras penas conservan la condición de ciudadanía. Y Bielsa se remitió a pedir que los jueces actúen de oficio, pero tampoco explica que querría decir eso que no sea la orden de desalojar y reprimir. En una palabra: un acumulado de caras de perro, divagues y lavado de manos que terminan siendo todo eso porque todos saben que el fenómeno de los marginados llegó para quedarse, que no hay ni juez ni decreto que resuelva en un escritorio lo que bulle en la calle, que tal cosa tiene una magnitud infinitamente más grande que el aprovechamiento o la intransigencia de algún dirigente de base, y que hasta el dinosaurio más cocorito no sabría para dónde disparar si su discurso de mano dura -e inclusive de hibridez- redunda en enfrentamientos directos con muertes al acecho.
La certificación de esta suma propositiva que da cero, en términos de ideas efectivas y eficientes, emparienta a esos grandes aspirantes comiciales con aquél gataflorismo de los propios portavoces del malhumor sistémico y vecinal. Antes, que no se podían transitar plazas, puentes y calles porque estaban ocupados o cortados por manifestantes. Y ahora, que pasa lo mismo porque los copó la policía. Es una representación magnífica del modo en que el discurso barato de “terminen con esto de una vez” se muerde su propia y tilinga cola. O son los piqueteros o es la policía, pero sean quienes fueren queda claro que algunos puntos metropolitanos son y seguirán siendo un conflicto recurrente porque el sol no se tapa ni con la mano, ni con miles de uniformados, ni con puteadas de automovilistas, ni con vejetes resentidos y frívolos de alma que llaman a las radios con ese tufo a que con los militares esto no pasaba. Se tapan la cabeza y se destapan los pies y viceversa con una frecuencia histérica que debería preocuparles, pero no les da ni siquiera para eso. Son la expresión de un malestar urbano que en definitiva no es con los otros, sino con un “yo” que es incapaz de asimilar la realidad de una sociedad estallada; que naturalmente tiene en Buenos Aires su atención mediática, y que como cualquier zarpullido tratado con pomadas superficiales en su zona de exposición va reapareciendo en otras continuamente. Copan un puente y surge una ruta. Liberan la ruta y les bloquean boleterías de una terminal. Cubren las boleterías y les acampan en una plaza. Vallan la plaza y rodean el Congreso. Cercan el Congreso y les aíslan el microcentro. Controlan los piquetes anunciados y les aparecen los piquetes-sorpresa. Sin embargo, la insigne cantidad de imbéciles que claman por el fin de su disgusto cotidiano, verdadero o infiltrado en su imaginario de tener alguien más débil con quien agarrárselas, crece tanto como la obviedad de que no hay caso.
Y no sólo que no hay caso. Contrario a las exclamaciones dispersas e individualistas que claman contra las protestas, y aun cuando las protestas no tienen ni vanguardia que las unifique y armonice ni, mucho menos, liderazgo reconocido, ocurre que aunque sea se amontonan con los protestantes más explícitos los docentes y estudiantes universitarios; y algunos de esos trabajadores sueltos del Garrahan, y algunos otros sueltos varios que en parte amortiguaron su puja por el ingreso -por vía de conquistas parciales- pero manifiestan solidaridad.
Nada más distante de la intención de esta columna -lo cual se advirtió desde este espacio en más de una oportunidad- que una visión romática de las luchas populares (cosa peligrosa, que pierde de vista mucho progresista entusiasmado sin sostén ideológico). Hay en ellas especuladores, advenedizos, sectarismo, aislamiento. Pero mínimamente está mostrándose que hay ciertos reflejos. En medio de la propaganda de lo bien que está el país en su superávit fiscal, su récord de exportaciones, su desaceleración inflacionaria y otros enamorantes índices, sería lo único faltante que ni siquiera una flaca parte de las partes más jodidas por la implosión nacional procediera a reclamar una cucharita de la torta, casi como sea. Y sería humanísticamente esperable que los inmensos provocadores y ganadores de la crisis, además de muchos de sus derrumbados, tomaran conciencia de que, después de lo que pasó en la Argentina, no pasa nada que no sea lo elemental: gente que sale a la calle, que tiene rabia, que tocó fondo, que no tiene más nada que perder. Más otra gente que pide aumentos salariales que apenas compensen la inflación. Gente que encima es una minoría de la mayoría que perdió como en la guerra.
Acaban de conocerse datos oficiales, correspondientes al segundo trimestre de este año. Más de 6 millones de argentinos viven con menos de 2 pesos por día. Y 5 millones lo hacen con 4,10 pesos. Significa que hay 11 millones de habitantes, que conforman alrededor de 2 millones de familias, que viven con menos de 150 pesos por mes. Y enseguida se ubican casi 9 millones que ganan entre menos de 6 y algo más de 7 pesos diarios. En medio de esta devastación cuyo postre es que la franja más rica es cada vez más rica, nadie puso una bomba, nadie mató a nadie, nadie agarró los fierros, nadie promueve la violencia. Pero persiste y hasta parece que se incrementa ese aglomerado de inconscientes quejosos porque les cortan una calle.
Oigan, no sean degenerados.
MARCA DE RADIO, sábado 3 de septiembre de 2005
*Subo esta editorial de Eduardo Aliverti porque me parece muy interesante e ilustrativa, a aquellos que se quejan por los cortes de calle y las protestas sociales: "oigan, no sean degenerados".
Adio!

2 comentarios:

Anónimo dijo...

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